lunes, 19 de abril de 2010

Viaje a Tokyo (VII) Shibuya y (cómo no) Akihabara

Último dia en Tookyoo. Un solazo despampanante y un cansancio acumulado de campeonato. ¡¡¡Y todavía quedan 9 dias!!! Barajando opciones nos quedamos con echar el resto viendo las zonas de la capital que habíamos dejado a un lado, con la intención de tomárnoslo con mucha tranquilidad y sin prisas.



Tomamos un JR tardío hacia el barrio de Shibuya, que se sitúa justo al sur de Shinjuku (el barrio de los incontables rascacielos, ¿recordáis?). Aquí en Shinjuku fue donde tuvo lugar la historia de Hachiko (leído Hachikoo), y en su honor se halla una estatua de su figura mirando a un vagón de tren, de donde esperaba que su amo saliese como cada día aún tras el fallecimiento del mismo.


En general, la sociedad japonesa acoge con cariño a las mascotas como parte de su vida diaria. Sin embargo, la pasión que en algunos japoneses despiertan los perros va más allá de lo que conocíamos. Ya contamos ayer que en el centro comercial los perros tenían acceso garantizado a toda la planta donde se encontraban las tiendas de animales (siempre y cuando fueran debidamente atados). Además de esto, no es difícil encontrar a japonesitos paseando a sus pequeños perros en brazos por la calle, yendo de tiendas con ellos e incluso dándoles un garbeo dentro de su carrito.

Junto a la escultura de Hachiko se halla el cruce de Shibuya o de Hachiko, similar aunque algo más pequeño que el cruce de Ginza y que da paso a una de las zonas de moda entre la juventud. Aquí rebosan las tiendas de ropa de moda joven, restaurantes, bares y tiendas de música y películas.


De entre todas las tiendas destaca el centro comercial 109, que viene a ser El Corte Inglés de los fashion victim japoneses. Sus plantas están llenas de tiendas diferenciadas por sus marcados estilos o tendencias entre las que se encuentran: Ganguro, Hymegyaru, Rasuta, B-Gyaru, Gothic Lolita. Si estáis pinchando en los enlaces y os parece cachondeo, creednos, las niñas van así vestidas por la calle.


Un JR cortito hasta Harajuku y desembarcamos en el parque Yoyogi (no, no es donde vive el oso Yogi, comprobado). Es un parque precioso de estilo asilvestrado con árboles gigantes y majestuosos torii que marcan el camino al santuario sintoísta Meiji-Jingu, consagrado a la divinidad del emperador Meiji que se encuentra allí enterrado junto a la emperatriz Shoken.


Coincidió que justo nada más llegar pudimos ver el comienzo de la celebración de una boda sintoísta japonesa, acontecimiento del cual pudimos sacar dos conclusiones: 1) Las novias japonesas van muy tradicionales y 2) nuestra boda era mucho más chula. En cualquier caso, ha sido toda una experiencia.


Nota curiosa: en el parque Yoyogi hay expuesta una colección de barriles de la Borgoña francesa. Al parecer nuestro divino amigo el emperador Meiji, en su afán por modernizar y occidentalizar Japón, comenzó a adoptar costumbres europeas en su propia rutina diaria. Al parecer, dos de las cosas a las que más se aficionó fueron los bocadillos de nocilla y el colacao para merendar y el vino francés. De lo primero no tenemos constancia, pero para conmemorar la feliz unión entre oriente y occidente surgida de los cálices de Baco, Francia donó todos estos barriles de vino a Japón y ahora yacen consagrados a la paz y la amistad junto a un sendero del parque Yoyogi, frente a varias hileras de barriles japoneses.


Hecho esto volvimos a la estación de Harajuku, cerca de la cual se encuentra la calle Omotesando por la que hemos bajado andando hasta Takeshita-dori, un estrecho y alargado callejón que pretende capturar la esencia del Candem Town londinense. La calle está poblada de tiendas de ropa, complementos y objetos relacionados con los ídolos japoneses, todo marcado con una fuerte presencia occidental en los gustos. Allí puedes comprar ropa escuchando punk americano, metal o, con suerte, algo de los Beatles. Otro punto a favor de la calle es que hay freaks a punta pala, por lo que no es raro cruzarse con tropecientas niñas vestidas de princesita, beyoncés en potencia y quién sabe qué más. De hecho, muchas de las tiendas de la calle ofrecen la oportunidad de comprar ropa de cualquiera de estos estilos.


Apretaba hambre a estas alturas de un día tremendo así que paramos a repostar. Anoche casi se nos cae una lagrimita cuando probamos el pan horneado con queso del restaurante de curry, así que hoy tocaba desorientalizarse un poco y nos tiramos de cabeza a probar la comida italiana cocinada en el sol naciente. Nada mal la elección, con unas pizzas de masa muy fina y precio excepcional como viene siendo costumbre: 1200 yenes por los dos.


Estamos de despedida, así que no podía faltar nuestra última visita al barrio más recurrente de todo el viaje: Akihabara. Leyendo en la guía descubrimos que no sólo hay mamellas y frikadas en el barrio, así que nos dirigimos a ver los santuarios sintoístas Yushima Seido y Kanda Myojin . Escondidos entre edificios y muy cercanos entre sí se hallaban estos lugares sagrados, el segundo de ellos recóndito hasta un extremo inimaginable: andábamos por la acera de una gran avenida de Akihabara y de repente, en la cima de cuatro largos tramos de escalera sita entre dos edificios de viviendas vislumbramos el torii que nos indicó la presencia del templo. Más o menos como si vas subiendo Hermosilla y en mitad de una manzana hay unas escaleras de piedra entre dos bloques que te llevan a una iglesia del siglo VIII. Del año 730 data este templo Kanda Myojin y está consagrado a la armonía familiar y matrimonial.




¿Y no nos despedimos de las mamellas? Pues claro que sí. Ya habrá Kyoto bastante para recapacitar y meditar. El barrio que nos vio llegar con cara de Paco Martínez Soria no podía quedarse sin que le diéramos un último adiós con una recta final de compras. Curiosamente, hoy ha sido la primera vez que hemos visto Akihabara de día.


Formalizadas las despedidas volvemos a Hamamatsucho a disfrutar de un maravilloso sushi preparado al momento por nuestro querido (aunque es un amor platónico, más bien) Sr. Miyagi, también conocido como maestro Mutenroshi.

De vuelta al hotel dejamos las maletas listas para mañana, que nos tocan dos horas y media de shinkansen hasta Kyoto. No está mal para 510 kilómetros.

2 comentarios:

juanfra dijo...

divertirse ¡¡
e ir pensando en revender el billete de vuelta a alquien que lleve intentando venir a Europa la última semana o algún piloto de la F1 que le toca ir a montmeló proximamente¡¡
besos

Anónimo dijo...

¡Cuánto nos alegramos del buen clima que habéis tenido hoy y que gracias a él habéis disfrutado más y mejor! Aunque a Jose lo veo con bufanda ...
Contadnos si habéis tenido suerte con los hoteles.
Esperemos que tengáis suerte con el clima y que nos sigáis contando todo lo que vais a visitar, que nos encanta, parece que lo estamos viviendo con vosotros.
Muchos besos y abrazos de los 4 papis.